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22 may. 2012

La mano ejecutora
Sobre la inmaculada superficie, inerte y frío, descansa el mutilado y rollizo cuerpo...Siguiendo el protocolo cada cosa ocupa su lugar; a la derecha hábilmente colocadas, alineadas todas ellas de mayor a menor, destellaban afiladas y asépticas, las piezas que componen el instrumental. A la izquierda, unos finos guantes de látex color hueso, esperan las diestras manos que inicien la labor. Con la indiferencia que provoca la rutina alguien se dispone a comenzar; extiende las manos en busca del látex, primero el derecho, el izquierdo después; mueve los dedos en busca de incómodas arrugas que entorpezcan su trabajo, reajusta meticuloso, hasta conseguir que el látex se convierta en su segunda piel. Con el escenario preparado y cada quién en su lugar, ha llegado el momento…Alza la mano, pide instrumento, y practica la primera incisión. Abierta por completo la cavidad torácica, escruta sereno mientras piensa y decide los pasos a seguir. Cambia el instrumento que sostiene por otro más pequeño, el idóneo para separar el tejido sobrante e inservible que molesta. Con manos hábiles separa y sujeta el apéndice, la vista se le nubla en ese preciso momento, un extraño sudor frío recorre su frente, y esa mano de ejecución certera y pulso sereno, inicia por su cuenta, una serie de ligerísimos e inesperados movimientos. Atónito, observa la traicionera mano, que parece actuar por voluntad propia, ajena por completo a la mente que domina, e impositiva, marca la pauta y el compás.
Aumenta el ritmo cardíaco, se apoya ligeramente en un taburete, cierra los ojos para no ver al mundo, o lo que viene a ser lo mismo; que el mundo no presencie ¿su derrota? , respira profunda y lentamente, mientras piensas en todas las veces que ha hecho lo mismo a lo largo de estos años, y al hacerlo, no recuerda que le haya sucedido anteriormente nada semejante...siempre hay una primera vez!, se dice a sí mismo en voz baja, con una mezcla de frustración, tristeza, e impotencia. Una mano deposita algo áspero y dulzón bajo su lengua, se toma otros dos minutos de descanso, comprueba complacido que el temblor va remitiendo, y poco a poco, vuelve a dominar la rebelde mano que sujeta a su antebrazo, es la hacedora de tan delicada tarea. Recompuesto, retoma la acción interrumpida, y decide concluir cuanto antes tan azarosa actividad.
Extraños ruidos que provienen de la antesala perturban la paz recientemente recuperada, crece el estruendo y rompe la armonía que reina en la sala. A poco de finalizar con la tarea, alguien irrumpe en la habitación, se oye el estruendo de un portazo, mientras un sujeto con voz aguda y cansina vocifera a sus espaldas:

¡Corta ya el dichoso pollo!

4 comentarios:

  1. Anda, has habilitado los comentarios... Me parece muy bien. Un final muy bueno, que le da la vuelta al resto del texto. muy bien escrito por cierto. Me alegro que participes en el jueves 7 de junio.

    Un saludo

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  2. Muchísimas gracias por la visita y tus palabras, Encarni.
    Me gusta escribir, y mejorar día a día es mi máxima aspiración.
    Sobre el jueves…espero que no sea el último.
    Un abrazo

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  3. Hola T.C
    Es la primera vez que paso por tu blog y con tu permiso me quedo por aquí.
    Me ha encantado tu relato, me has tenido engañada hasta el final, jeje, nunca hubiera imaginado que se trataba de un pollo.
    Un saludo.
    Mar

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  4. Muchísimas gracias por la visita, Mar…tendrás que entrar por la ventana, pero no es muy alta y te resultará fácil.
    Yo también he leído “diabluras”, y nunca había reparado en que los pactos de tinta son los que sangran.
    Un saludo.

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